Una clase con Fernando Hechavarría

por
Anasús

Su carácter es una de sus armas. Se le nota por fuera y en cada personaje que hace suyo. Se torna más valioso aun porque lo convierte en puente para llegar a otras personas y hacer de ellas seres de gran espiritualidad. Ni mejores ni peores (porque él no se ata a ningún listón), sino superiores en relación a ese estado del alma que se alcanza cuando se es coherente.

Porque Fernando Hechavarría es un cubano coherente. Esa integridad brota de cualquier costura que se le pueda poner al corazón. Sale por sus delatores faros y atraviesa la pantalla, se desborda del escenario y se acomoda en los butacones del teatro, se queda en los recuerdos más sensoriales, aquellos que no borran el tiempo ni las nuevas experiencias.

Por eso todavía es Nacho Capitán o cualquiera de los roles que se ha tatuado en la piel: porque la verdad trasciende. Se convierte en el arma inexpugnable de quien, convirtiéndose en otro, muestra el mejor modo de sí mismo. Por encima de máscaras y caracteres, llega a Garbos para revelar su filosofía de vida, que no es otra que la martiana. ¿Haría falta decir más de este querido actor?

Su hija Alicia ha dicho que usted es su escuela. Además, actrices y actores jóvenes también reconocen su enseñanza. ¿Cómo se moldea la experiencia propia para aconsejar y formar a otros? ¿Cuáles considera los preceptos esenciales para vivir por la actuación? ¿Qué es lo que más admira de su hija? ¿Por dónde le advierte que no puede pasar?

Cada actor es un mundo, y en la riqueza de su individualidad radica su potencial grandeza. Por ende, si realmente queremos orientar o aconsejar adecuadamente a las nuevas generaciones de intérpretes –lógicamente hablamos de artistas, no de artesanos del arte, y conste que ahora utilizo el término en sentido peyorativo, y no el absolutamente respetuoso que ameritan los verdaderos artesanos creadores–, en ese caso, repito, partiremos del respeto a la individualidad del joven, no importa cuán corta sea su edad, pues la interpretación se erige sobre la capacidad de autoconocimiento del artista para sacar de sí todo el potencial psicofísico requerido por el rol a interpretar.

La única manera, como docente, de lograr lo anteriormente dicho, es evitando imposiciones, facilitando el autodescubrimiento de sus propias potencialidades, sugiriendo herramientas técnicas que enriquezcan su desempeño, luego de ser asimiladas y procesadas casuísticamente.

Hay un tópico ineludible en ese adiestramiento: la ética, que debe ser inducida no solo de palabra, si no de hecho, con nuestro ejemplo diario, en el recinto docente, en las tablas, en la palestra pública. Estoy convencido de que ese es el único elemento en la formación académica donde tenemos que aspirar a ser su ideal.

Lógicamente, eso se gana con el desempeño de toda una vida, no con una prédica y praxis divorciadas. Es indispensable ser consecuentes con nuestros principios éticos y artísticos, no traicionarlos, para crear ese vínculo de confianza mutua que nos dignifica como docentes ante el estudiante. Es exactamente eso lo que más admiro en mis hijas. Aun cuando las sé poseedoras de muchas virtudes, es esa la más valiosa; porque la inconsecuencia es el único camino que no se debe transitar, ni como creador ni como ser humano; que es un todo indisolublemente ligado.

¿Cómo fue armando al actor que es? ¿Cree que tiene un estilo? ¿Qué momentos de la vida forman más que ninguno, y a cuáles ideas es preciso renunciar para llegar adonde se quiere en este mundo del arte? ¿Cuáles son las estrategias ocultas que pueden parecer sencillas, pero han determinado su existencia? ¿Qué lo inspira?

Soy, como actor, una amalgama de tantas y buenas voluntades, que no alcanzo a describirlas todas ahora, sin dejar fuera, injustamente, alguna. Pero haciendo un recuento somero, se impone mencionar la familia en primer término, la academia de artes plásticas Raúl Eguren, los profesores soviéticos, el Grupo Teatro Escambray, el descubrimiento mutuo de los medios (en el que Mirtha González tiene un sitio de honor) y, desde hace más de 20 años, la influencia de Carlos Díaz y Teatro El Público. Siento que hay un profundo sello stanislavskiano en mi quehacer actoral. Hablar de estilo sería demasiado pretensioso. Dejemos la labor de etiquetar para los críticos y el público, que tiene, al final, la última palabra.

Nada forma tanto como los tropiezos. Los éxitos y elogios reconfortan y estimulan. Los desaciertos conmocionan y obligan a recapitular, a crecer y, por ende, a evolucionar. No nos permiten dormir peligrosamente en los laureles, y entiéndase, no me gusta errar. Más que acertar (que una vez logrado, deja de tener valor), lo que más me atrae es cuestionar cada vez la validez de los recursos alcanzados, para conseguir estadíos superiores.

En ese crecimiento personal y profesional –partiendo del autoconocimiento y la inteligencia–, la certeza de las metas trazadas es crucial. Hay metas para cada periodo. Si nos conocemos realmente, sabemos dónde estamos y cuáles son las metas posibles, lo que no implica dejar de soñar. Pero, las bases de nuestro edificio deben ser sólidas, si no queremos que colapse en el futuro con el peso de esperanzas infundadas. Por tanto, mi precepto es no renunciar, sino proponerse metas ambiciosas, pero viables mediante el trabajo permanente.

 El único truco permisible en esta profesión es no tener trucos. Todo aquello que posea una alta dosis de humanismo, me desarma, me inspira.

¿Qué es lo más impresionante que le ha pasado sobre las tablas? ¿Y frente a un guion cualquiera?

No existe nada tan impresionante como la comunicación con el espectador.

¿Cómo se elige poder elegir? ¿Qué es lo que determina que ame a un personaje y prefiera no interpretar otros? ¿Cuál sería el que nunca haría y cuál desearía crear para usted?

Cada texto –por sencillo y cotidiano que sea–, si es poseedor de una alta dosis de humanismo, puede contar con mi apoyo, solo que la vida es demasiado corta para hacer todo cuanto queremos.

Elegir es un privilegio otorgado gracias a una obra sólida. Por ello, como decía antes, no puedes tratar de elegir desde la cuna, porque no lo has ganado. A veces, los cantos de sirena derrumban el sendero y las consecuencias pueden ser catastróficas.

En este caso, la expresión «amar el personaje», tiene una connotación diferente. Hay personajes deleznables en su psicología, pero ricos en matices, en colores, en transiciones, que garantizan una conmoción y capacidad de reflexión en el espectador. No amo a esa persona, pero sí la posibilidad de bordar un ser contradictorio y polémico, que haga pensar y transforme al espectador en un ente activo, que lo obligue a salir de su zona de confort y le aporte nuevas perspectivas de nuestro tiempo. Hay otros que amamos visceralmente, por su entereza, humanismo, verticalidad, ética, lirismo, honestidad.

Todos son igualmente bienvenidos y apreciados: unos por permitirnos poner el dedo sobre la llaga de nuestros desatinos sociales, y otros por honrar las virtudes del ser humano que somos o podemos llegar a ser. Los que no cumplan con esos parámetros, no me interesan.

Hay tantos y tan buenos personajes en la literatura universal, que jamás en este corto tiempo de vida podríamos abarcarlos. Sin embargo, no deja de honrarnos cuando te entregan uno escrito pensando en ti, porque resulta un delicado elogio a tu obra, a la minuciosa labor artesanal, y ahora sí estoy usando el término con todo el respeto que cabe. Este es un ejemplo de aquello a lo que no hay que renunciar, pero solo se puede aspirar como retribución a la solidez de lo aportado, y eso es el resultado de tiempo y trabajo.

Aunque ha dicho que ama el teatro, no deja de estar en otros medios. ¿Qué le da cada uno? ¿Cuál es el desafío que más lo reta, y el momento que mejor conquista?

Soy un hombre de este siglo y sería absurdo renunciar a los mecanismos de comunicación que el desarrollo y la tecnología nos ofrecen. Pero sigo amando al teatro de manera peculiar, porque crea con el espectador un vínculo misterioso y único que varía para cada espectador. Es, a su vez, un hecho efímero, latente solo en el recuerdo y la complicidad de aquella noche.

La televisión me permite acercarme, casi bocetando, por la inmediatez, a los problemas acuciantes de nuestro tiempo, pero sin renunciar a la calidad. Es necesario (como un creador expresionista) resaltar las motivaciones íntimas con una sobriedad de recursos y tiempo retadora. El cine es imperecedero, nos permite más tiempo de libertad creativa y recursos, al menos en nuestra realidad, que sabemos es bien diferente a buena parte del mundo por razones que no viene a colación analizar.

El mayor desafío radica en sacar a flote los matices más sutiles, apena perceptibles, de los personajes, y, por ende, la mejor conquista es saber que nos acercamos a ellos, para poder salir en busca de otros nuevos y más complejos.

¿Cómo cree que lo ve el público cubano? ¿Y cómo prefiere que lo vean?

Me siento dichoso porque creo que el público me ha prodigado afecto y respeto. Me encantaría confirmar que soy merecedor de ello por una obra consecuente con mis principios, que no hay divorcio entre lo que sueño y lo que soy.

¿En qué está trabajando ahora? ¿Cuáles son los planes para el mañana más próximo? ¿Y para dentro de diez años?

Actualmente trabajo en una serie de televisión, en la selección del casting y el trabajo con los actores de otra y también en la docencia. Aspiraciones futuras a mediano y largo plazo: trabajar mientras tenga aliento para ello.

Si fuera a definirse en una filosofía de vida, ¿cuál sería?

En los tiempos que corren, no creo en las tendencias puras, pero si tuviera que decantar, me veo como un profundo martiano, no por conocedor, sino por esencia: necesito y me alegra creer y confiar en el mejoramiento humano.

Y si Fernando Hechavarría fuera un personaje, ¿cómo debería interpretarse?, ¿qué no podría faltar en una caracterización suya de cuerpo y alma?

 Honestamente, luego de tantos años hurgando en la dramaturgia y literatura universales –incluida la nuestra, claro está–, no me cabe duda de que no hay nada significativo en mí que amerite inmortalizarse. Me basta con el afecto que cada día, de manera tan pródiga, me regala el público. Pero, bueno, cedamos a la tentación; esto es culpa tuya que me has tentado [risas]: 

Un hombre a quien su familia colma en todos los sentidos.

Un deudor eterno de su novia para toda la vida.

Un padre a quien sus hijas –como debe ser– superaron con creces.

Un profesor a quien sus discípulos enseñaron todo cuanto sabe.

Un actor que nunca alcanzó la maestría que aspiraba.

Un amigo que, como Martí, ve en la amistad la joya más preciada.

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