¿Originales «rebautizados»?

por
María Carla Figdomech

Cada persona es un mundo. Sensaciones, pensamientos, experiencias, sueños y recuerdos revelan mucho de su paso por la Tierra. Evocaciones y figuraciones conforman preferencias y estilos, signos de estabilidad y de lanzamiento a la aventura.

En ese mosaico subjetivo –propio o plural, consciente o no– habitan los aromas. ¿Qué hace especial a un perfume? Pues su poder estimulante sobre el organismo, a través del olfato. Tanto, que su origen se remonta a la Comunidad Primitiva, a cuando los hombres y mujeres de entonces encendieron una fogata con ramas resinosas cuyo olor agradable se elevó con el humo y lo asociaron con la adoración de sus dioses.

La producción data de la civilización Sumeria y más tarde de los egipcios, expertos en preparar ungüentos y esencias para usos estéticos de sus gobernantes, ambientación de ceremonias religiosas y con fines terapéuticos. Grecia y Roma hicieron de la perfumería un arte cotidiano de las distintas clases y grupos sociales. Los griegos aportaron técnicas de envase en barro que constituían verdaderas piezas artísticas.

El Renacimiento trajo otra vez a Occidente la pasión por el universo de los aromas. Durante el Medioevo se preservaron métodos de fabricación y catálogos de notas olfativas. En el siglo XVIII se trataba de una profesión; así lo refleja la famosa novela El Perfume: historia de un asesino, de Patrick Süskind.

El siglo XX asistió a la industrialización de la cosmética. Junto al Nariz, alma de todo perfume, científicos y  publicistas se volcaron en este mundo. Hoy en día existen centenares de marcas y miles de establecimientos de perfumería, con productos originales o de imitación.

Entre las llamadas copias, proliferan las «marcas blancas», especialistas en crear combinaciones inspiradas en perfumes asentados en el mercado. Seguramente conoces algunas: Fraiche, Yodeyma, Mercadona, Jean Philippe, Naturmais, Prady, Equivalenza, Refan y Saphir...

Hay quien dice que emporios como Ulric di Varens se han sostenido así en etapas duras (¡malpensados!), mientras que empresas menores recurren a esto en sus comienzos, modificando sensiblemente diseños y nombres.

En Cuba, junto a la Casa del Perfume, en La Habana Vieja tenemos la reciente Twin Collection, de Suchel Camacho, S.A.

Las firmas prestigiosas tildan de plagio esa estrategia, pero no hay forma de patentar una aroma, dada su variabilidad piel a piel. Además, las regulaciones contra la explotación de especies en peligro o para vetar sustancias tóxicas a ciertas concentraciones llevan a emigrar hacia recetas industriales de algunos componentes. En suma, no se hacen réplicas, sino tendencias y versiones. (Inventan copias, podría decirse en tono de jarana).

Más allá de la polémica económico-creativa, existen licencias para operaciones de terceros, así como franquicias que cada temporada colocan variaciones de moda a una misma fórmula dentro de una línea chic o una económica. ¡Y esto sí lo hacen todas las compañías! ¿Autoplagio? Ya la historia dirá.

 

Menu