Bette Davis, sin gafas y en blanco y negro

por
María Carla Figdomech

El día de 1908 en que nació, se abría para Hollywood un capítulo único. La industria del cine pronto conoció cuánto podía lograr una mujer con determinación. Bette Davis fue pionera en la lucha por ser más que una belleza insulsa ante las cámaras. Defendió a fuerza de talento su derecho, como cualquier hombre, a trabajar y ganar por el éxito en la gran pantalla.

Hija de padres divorciados en una época donde el matrimonio era la cúspide de las ambiciones posibles, Bette eligió un camino distinto. Fácil no fue, como casi todo lo que vale, pero se impuso con una marca tan auténtica que nadie escapó a su influjo. Primero Broadway, luego Hollywood y, finalmente, la eternidad.

Universal y Warner Brothers la ficharon en sus nóminas. Pero la gran oportunidad se presentó en 1934, cuando la cedieron a la productora RKO Pictures. Cautivo del deseo le abrió un abanico de posibilidades interpretativas. Mildred, la sirvienta con corazón de hielo, le regaló su primera candidatura al Premio Oscar que ganaría un año después con la cinta Peligrosa. Quizá fue el personaje de Julie, aquella joven sureña y caprichosa, quien la inmortalizó en Jezzabel (1938), su segunda estatuilla.

Desde entonces, no admitió otro rol que el de mujeres resueltas, incluso odiosas, pero capaces de desafiar el código de moralidad pública. Protagonizó dos veces en 1939 a Elizabeth I, reina por quien sentía una profunda admiración. Caracterizó a Margot Channing en Eva al desnudo (1950), una historia de traiciones, envidias y calumnias dentro del mundo del espectáculo. Descargó su odio visceral contra Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962).

La bautizaron como «la Primera Dama del cine estadounidense». Bette Davis se convirtió, no solo en la mujer mejor pagada de Estados Unidos, sino también en la primera persona, mujer u hombre, en recibir diez nominaciones al Oscar. Pero su propensión a la inconformidad hacía duro el trabajo con ella. Con los años se ganó los apelativos de perfeccionista, temperamental, egocéntrica. Era simplemente demasiado intensa para sentir un rodaje como si fuera un día de campo, y «demasiado soberbia para ser una novata». Tanto, que llegó a publicar un anuncio sarcástico:

«Actriz con treinta años de experiencia en el cine busca empleo. Madre de tres hijos, divorciada, americana. Capaz aún de moverse y más afable de lo que dicen los rumores. Deseo empleo estable en Hollywood (estuvo ya en Broadway). Bette Davis».

Jamás se sintió hermosa, cuando era casi obligación serlo. Con su historia infantil en lo hondo, casada cuatro veces y enemistada con su hija, su vida íntima estuvo plagada de conflictos. Quizás el conflicto con la Crawford no haya sido más que un síntoma de la carga que llevaba a cuestas.

No soportaba que celebraran sus ojos grandísimos. Aunque no alcanzó a aquilatarlos, subyugaban con una intensidad que traspasaba el plató. Aún lo hacen. Como ella, como la canción de Kim Carnes que terminó por adorar. No aspiraba a ser la mejor, batalló por ser la única. Lo logró por el camino más arduo.

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