De boca en boda

por
María Carla Figdomech

Casarse no es una decisión ligera. «Es el principio para fundar tu familia y hay que prepararse para eso, ponerle empeño, dedicarle tiempo». Así reciben a los clientes en la Casa de Modas Gaya. Yuri y Livan prometen estar presentes durante la primera parte de ese camino, que empieza con el «Sí, acepto». No levantan polvo al viento, es una promesa que saben cumplir porque desde hace más de un año se han especializado en ataviar a las novias.

El público los reconoce, entiende lo que hay de único en ellos, y los sigue. Livan y Yuri balancean lo práctico con lo sentimental, y hacen posible que este negocio no sea nunca solo eso.

«Creo que hemos tenido tanto éxito porque nos preocupamos por la experiencia del cliente y nos esforzamos en complacerle y tratarlo con amabilidad siempre. Aquí pueden encontrar trajes exclusivos, bonitos, de buena factura y caros, aunque tenemos ofertas para toda la gama de públicos. Si lo metalizas, se pierde el sentido, la magia» –reflexiona Livan con Garbos.

Escenas inéditas

En realidad, la historia de Gaya comenzó hace nueve años como boutique. Ante el cambio en las normativas del país se renovaron con el concepto de novias. «Siempre se concibió como un lugar de buen gusto, con estilo, tratando de marcar diferencias y al tanto de lo que más se lleva. Para nosotros, estar bien vestido no tiene por qué ser frívolo ni presuntuoso», explica Livan. Hoy extienden su filosofía al diseño de imagen para bodas, y se han hecho de un nombre.

Como todos los comienzos, el suyo no fue fácil. «Al abrir, no teníamos más de 80 trajes y nos sentábamos en el portal días enteros», recuerda Yuri. «Siempre es así: al principio no tienes un nombre, pero si eres perseverante, trabajas duro, tienes paciencia y a las personas les gusta lo que propones, el éxito llega. Ahora rondamos los 300 ó 400 vestidos y no compramos más porque el local se nos ha vuelto estrecho. Por suerte, eso es señal de que lo estamos haciendo bien», concluye sonriente.

Lo merecen. Sus contratos con clientes individuales, artistas y empresas del espectáculo, no cesan de aumentar, al extremo de que valoran ya una ampliación en el futuro.

«Como todo negocio, va pidiendo un poquito más», cuenta Livan. «Queremos crecer, incorporar nuevos servicios, mantener e incrementar la colección de trajes, pero no podemos llevarlo todo al mismo tiempo, damos un paso a la vez».

Pero el local de partida no lo perderán, permanecerá como oficina, mientras que el ajetreo de pruebas y ensayos se desplaza a otro sitio. Por el momento, trabajan con esmero desde su céntrica sede en la avenida Carlos III y acercan sus opciones al universo de las quinceañeras.

Cuentos de princesa

Como proyecto de familia, al trabajo se han sumado la madre de Livan y otras dos jóvenes que ya son casi parientes. Con ellas a cargo del local, han incursionado en otra de las tradiciones más valoradas de nuestra cultura: el álbum de los quince. Su propuesta es clara: que las muchachas no inviertan en piezas costosas para una sola ocasión. Todo lo facilitan ellos, desde el vestuario y el maquillaje, hasta el producto final.

¿Cómo logran diferenciar los dos tipos de público?, les pregunto curiosa. La respuesta está en la variedad, porque existen trajes blancos o coloridos para ambas ceremonias. Aprendo entonces que el traje típico de quinceañera lleva corte en V y escote de princesa (de corazón) para afinar el talle, mientras que el de novia suele ser más suntuoso, con cola y velo, aunque los hay muy sencillos.

Pero en Cuba tenemos novias que quieren lucir angelicales, y muchachitas de quince que prefieren verse sensuales y provocativas. Es ahí donde intervienen los tejidos más adecuados para cada propósito, los accesorios y complementos, cuya renta se incluye en el precio del vestido.

«¿Quieres un truco? –me sugieren con aire confidencial, pero en broma–. Los trajes de novia con organza o encaje, que realzan volumen, los pueden usar quinceañeras y nadie lo nota [risas].También sucede al revés: trajes de quince de los que se enamoran las novias. La diferencia la hace la persona».

Por supuesto, es la pericia de estos jóvenes lo que permite que todo empaste. Y la diversidad como ventaja. Tienen trajes con estilo sirena, princesa, trompeta y a la caída (también conocido como corte imperio). A Yuri y Livan les interesa todo: lo que les gusta, qué tipo de ceremonia tienen ideada, si es una boda temática, si han contratado a profesionales para organizarla.

Ninguna información es menor. A todas las une el sueño de reinar por un día; ellos están a cargo de cumplirlo. El resto es cuestión de tiempo y del respeto al derecho de buscar bien antes de decidirse por el estilo de Gaya. La mayoría regresa, es un hecho.

Colores y tendencias

El mundo va a una velocidad que a veces excede la nuestra. Tiene explicación: hubo un tiempo en que las nupcias en nuestro país parecían otra cosa y la moda no era tema de interés. En otros lares mantenerse en el mercado espoleó a la creatividad, y aparecieron novias transgrediendo con colores distintos del blanco –ivory, champán, arena–, estampados y transparencias.

En Cuba la tradición no ha cedido su lugar. «Ellas quieren casarse de blanco, aunque no sea su primer matrimonio. ¡De blanco, así les dañe la córnea! ¡Blanco y sin mangas! [Risas] Arrastramos muchos prejuicios, como que la madre no vaya de negro, que el traje de tornaboda tampoco sea negro, entre otras cosas». Pero, en Gaya no se conforman con la banda sonora; prefieren el protagonismo y traen un soplo de modernidad a través de diseños más osados.

¿Cuál elegir? No objetan. Mientras las jóvenes sean felices, luzcan radiantes y los vestidos no sufran de más, todo vale. Ellos solo recomiendan. «Para las bodas de playa sobre la arena, van mejor los trajes menos suntuosos. Para las que les gusta accesorios más recargados hay opciones, para quienes optan por lucir muy sencillas también.

«Al final, tú no eliges el vestido, el vestido te escoge a ti. Te pruebas cientos hasta que das con el perfecto, el que te enamora. Cuando encuentras tres vestidos que te quedan muy bien, no te pruebes más. Que aparezca un cuarto es casi imposible y, como en los exámenes, puedes terminar poniendo una tilde donde no va. Cuando se humedecen los ojos, dices qué lindo, hasta la madre llora, ¡no busques más porque es ese!».

Para mi novia, lo mejor

Hoy las mujeres no heredan el traje de la madre para casarse. Se informan en Internet, leen revistas y tópicos de sus celebrities favoritas. Así construyen una idea de lo que quieren. Incluso los muchachos.

En Gaya asumen esto como un reto. No solo asesoran en materia de vestuario a la novia, también a las suegras y a las damas de honor; y estimulan a contratar organizadores de eventos. Entre las opciones, sugieren siempre a Aires de Fiesta, cuyo equipo visitó Garbos en números pasados.

«No trabajamos directamente, ni siquiera nos conocemos, pero nos mandamos clientes porque sencillamente somos los mejores en esto [risas]. Cada uno quiere para su novia lo mejor, por eso no hace falta llamarnos ni intercambiar bonos, basta con decir: “Yo vengo de parte de…”

«Lo bonito de una boda es la uniformidad, respetar un código de etiqueta. Los novios pueden lucir perfectos, que si hay invitados en short y chancletas todo se va al suelo».

Introduzco un giro en la conversación y aprovecho para preguntarles cómo luciría la novia que ellos vestirían, si tuvieran la oportunidad de seguir su instinto. En sus respuestas descubrí facetas muy interesantes de cada uno.

La imaginación de Yuri se posó en una boda campestre y una muchacha sencilla, un maquillaje estilo nude y un vestido corte de trompeta, con pocos accesorios.

La novia que soñó Livan iba enfundada en un vestido de transparencias, con maquillaje más subido y accesorios llamativos sin lucir recargada. ¡Ah, no podían faltar los tacones de aguja! «Es que las mujeres se ven distintas con unas “puyas”, lucen poderosas». [Risas].

Amor y equipo

Los equipos marchan exitosamente cuando todos aportan lo que mejor hacen. Esta es otra de las lecciones que me regalaron aquella tarde. Yuri tiene mucha experiencia en el giro de la moda y es atrevido. Livan estudió Economía, tiene un carácter práctico y no funciona bien en un ambiente desordenado. Más allá de complementarse, el quid es lo bien que se llevan y cuánto se quieren. Son pareja hace nueve años, todo parte de ahí.

¿Cómo llevar adelante un proyecto para una ceremonia de la que ustedes no participarán en el futuro cercano?, me atrevo a decir, sin saber a qué reacción me expongo. Pero la calidez de estos muchachos da ganas de ser amigos, de conocerlos, de preguntar.

«Crecimos en una generación donde había que hacer lo mejor con lo que había, lo agradable. Nos acostumbramos a conformarnos sin rendirnos por eso, pero con sentido práctico. Unir lo útil a lo agradable. Al final, somos parte de todas las bodas porque las hacemos posibles».

Tratar a los demás como nos gustaría ser tratados. Si le mejor publicidad va de boca en boca, entonces la experiencia es lo que más cuenta.