De Grisell a Daniel, ida y vuelta

por
María Carla Figdomech

Las fechas señaladas son armas de doble filo. Por un lado, nos regalan la oportunidad de un día colmado de expresiones cariñosas. Por otro, nos hacen correr el riesgo de reducir todo el amor a un solo día.

Daniel Romero y Grisell Monzón disfrutan los días especiales, pero saben que para amar todos los días son buenos. Hace siete años que comparten la vida como pareja, y antes de entonces ya eran amigos inseparables.

¿Qué fue lo primero que les llamó la atención al uno del otro y cuál es el primer recuerdo que tienen de ese momento?

Daniel Romero (DR): Yo recuerdo el momento en que sentí que me estaba enamorando de Grisell. Después de clases fuimos a la playa con un grupo de colegas. Yo estaba sentado en la orilla cuando la vi salir del agua con todo el pelo mojado y recuerdo haber pensado: esa muchacha a mí me gusta, me conmueve. Pero al mismo tiempo tenía temor porque éramos muy buenos amigos.

Grisell Monzón (GM): Mi primer recuerdo de Daniel fue un ejercicio de clases en que cada cual debía regalarle algo de sí a otra persona. No habíamos intercambiado palabra, sin embargo, él hizo un gesto como quitándose la piel y me la entregó para cubrirme si sentía frío. Me pareció un gesto súper generoso y no lo olvido.

¿Cómo el que ambos estudiaran arte dramático influyó en su relación?

GM: La escuela fue fundamental. Estábamos en la misma aula de actuación y éramos muy buenos amigos porque trabajábamos juntos. Siempre tuvimos muy buena química en lo profesional –la seguimos teniendo–, lo que hace un tiempo hemos decidido darnos cada uno su espacio en el trabajo. Una de las cosas que nos unió fue que los dos sentimos lo mismo hacia el trabajo y hacia el arte: ese compromiso, respeto, entrega.

DR: Martí dijo que el amor empieza por la admiración; yo siempre he admirado a Grisell. En aquella época me gustaba mucho su dedicación y que es la persona más humilde y sencilla. Es dedicada casi hasta la obsesión y, en cambio, yo era muy vago, muy perezoso. Nos tocó trabajar juntos en nuestro primer examen y de ella aprendí realmente lo que era sacrificarte por el arte. Fue un año que me cambió y desde entonces tenemos mucha química. Hicimos tesis juntos. Al graduarnos, nuestro primer trabajo fue con La Colmenita, pero ambos necesitábamos explorar otros escenarios y entonces nos tocó enfrentarnos a la vida real del artista: pasar ella de haber hecho televisión en la serie Adrenalina 360, y yo cine en José Martí: el ojo del canario, cuando todo parecían oportunidades, y de repente no teníamos nada.

GM: Hasta que entramos a El ciervo encantado, con Nelda Castillo. Con ella aprendimos realmente lo que es el teatro, sigue siendo nuestra maestra, y también nos dimos cuenta de que quizás no debíamos hacerlo todo juntos, sino buscar también espacios profesionales independientes, por nosotros y por la relación. Después apareció la oportunidad de que Daniel se fuera con Carlos Celdrán a Argos Teatro y yo a Ludi Teatro con Miguel Abreu. En todo este tiempo hemos crecido juntos.

La actuación es una carrera dura, no solo por lo cambiante, sino también porque el instrumento de trabajo son ustedes mismos, sus emociones. Algo parecido sucede con los altibajos en las relaciones de pareja. ¿Cómo es un día crítico para ustedes?

DR: A veces las personas sueñan que en la pareja todo debe ser perfecto. Nelda Castillo dice que las relaciones de pareja son como un Chi-Kung (un ejercicio chino para controlar la mente a través de la respiración). Las relaciones empiezan porque dos personas quieren compartir su tiempo; los problemas empiezan cuando quieren dedicarse a otra cosa y se exigen el tiempo de antes. Y las cosas tienen que ser espontáneas. De las crisis hemos aprendido lo importante que es sentirnos plenos en la relación. Siempre digo que yo quiero hacerme viejito con Grisell, pero que esté al lado mío porque quiere, en vez de reprimiéndose. Que se sienta libre y pueda salir con sus amigas sin que yo la cuestione, porque es responsable de sus actos y yo confío en ella. No abogo por la promiscuidad, pero es necesario que cada cual tenga su espacio. Una vez le dije cómo las parejas gays que conocíamos duraban mucho tiempo juntas, mientras que las heterosexuales no. Es una expresión de hasta qué punto el mundo está cambiando, pero el machismo sigue ahí. El hombre cubano –incluso jóvenes– tiende a controlar y las mujeres casi niñas lo aceptan porque es «su marido». Pero yo siempre vuelvo a Martí: «Ni el amor, si está preso, da ventura».

¿Y cómo es un buen día?

GM: La verdad es que muchos lo son. Son siete años ya. No se necesita algo extraordinario, sino aprender a hacer los pequeños ajustes que va pidiendo la relación. Un buen día es aquel en que compartimos el hogar, compartimos con amigos. Creo que Daniel y yo hemos sido afortunados porque hemos compartido muchas cosas. No se puede tener miedo a cambiar la rutina. Es algo bueno de ser artistas, que no tienes una vida muy lineal y puedes verla como una aventura. Eso ayuda a no ver problemas donde no los hay. Por ejemplo, la nueva película de Daniel, El Mayor, se va a rodar en Camagüey. Yo le dije: vamos a ver esto como una oportunidad de tener tres meses intensos en los cuales descubriremos juntos una ciudad nueva. Yo continúo con mi trabajo aquí en La Habana, pero viajando allá. Pienso que en la pareja hay que ser positivo porque se trata de la persona que escogiste y que te llena. Hay que conservar la creatividad y no ver las situaciones como catástrofes, sino una etapa más de la cual se puede aprender, que va a ser diferente. Ya tienes algo sólido en tu vida y eso pesa mucho. Hasta extrañarse hace falta porque cuando nos alejamos por situaciones de viajes siempre regresamos con cosas nuevas que contarnos.

Compartiendo la misma profesión, puede que los celos no sean los de pareja, sino profesionales. ¿Alguna vez los han sentido? ¿Cómo lidian con ellos?

GM: No es algo que Daniel y yo hayamos conversado. Pero siendo totalmente honesta, te juro que no. Al contrario, es como si en todo lo que ha logrado –la obra Diez Millones, la película de Martí, ahora la de Agramonte– estuviera yo también.

DR: Es que ahí hay un logro tuyo también.

GM: Siempre voy a apoyar a Daniel, pero jamás dejaré de hacer lo que me gusta. Tengo que tener mi trabajo, mi teatro, mis felicidades; esa es la clave de que no existan celos profesionales. Y también estoy feliz por sus logros porque conozco a Daniel. Cuando le dan un personaje está feliz de hacerlo y estudia muchísimo; eso lo apasiona más que cualquier reconocimiento. Sé que necesita estar enfocado y lo apoyo totalmente, pero no dejo de hacer mis cosas. El ser humano tiene la tendencia de sacrificarse por el otro, pero ni yo quiero que él se sacrifique por mí, ni yo hacerlo por él. Cuando algo adquiere la connotación del sacrificio hay algo que no está bien.

DR: A diferencia de ella, me pasa que cuando hay un panorama de posibilidades –como recientemente, que participó en la coproducción cubano-española Lucas como Sara– no siento celos profesionales, sino cierto temor de que el trabajo me robe su tiempo y no esté siempre conmigo. Pero entiendo que es su momento y mantengo a raya ese pedacito egoísta que todos tenemos a la sombra de uno mismo. Ella es el centro de mi felicidad. Yo creo que la competencia debe existir para avanzar en la vida, pero competencia con uno mismo. Cada cual brilla con luz propia y lo que está para uno nadie lo quita. Por eso me enfoco en lo que depende de mí, que es el teatro y en la base de todo, que es el estudio. El estudio no siempre da la clave del éxito, pero sí te permite hacerlo del mejor modo posible en ese momento. Mi seguridad reside en que a nosotros nos va la vida en lo que hacemos y en que aun molestos, siempre podemos acudir el uno al otro como amigos. Martí le escribió una carta a su hermana en la cual decía que las relaciones deberían empezar por como terminan: de la amistad al amor, y no al revés; en eso coincido totalmente. Lo otro es compensarnos, como cuando yo hablo demás y ella me da por debajo de la mesa, pero yo soy tan despistado que le digo: ¿Grisell, por qué me das por debajo de la mesa? [Risas].

Para cerrar, ¿qué canciones los han marcado a lo largo de su historia?

DR: En la escuela era «Rabo de nube», de Silvio Rodríguez, y «Ya ves», de Pablo Milanés cuando empezamos a enamorarnos.

GM: Sobre todas, el tema de la película Closer. La utilizamos en un ejercicio conjunto y todavía nos estremece.

El día que conversamos era domingo y lloviznaba. Pero en aquel paraje habanero era como si en el cielo se dibujara un sol de marzo, gracias a aquellos jóvenes que compartieron sus recuerdos e ideas desde el lugar del alma que mayor amor genera: ese donde se combinan pasión, esperanza y honestidad.