Dee Dee Bridgewater, la mujer jazz

por
Lorena Sánchez

Una mujer llega a La Habana. Corren días de jazz y ella, como suele hacer, se deja seducir por la música. Improvisa. Es miércoles, rozan las nueve, y Dee Dee Bridgewater entra a la Sala Avellaneda del Teatro Nacional como el más simple de los mortales. Ella, que es diosa, todopoderosa, extraterrestre, se sienta en primera fila y espera. Esta no es noche de performance, piensa. Esta vez toca estar del otro lado del escenario, dejar que otros deslumbren. Ya habrá oportunidad para la revancha.

 El maestro Chucho Valdés deja a todos con la boca abierta, incluso a Dee Dee a quien ya nada sorprende. Supongo que cuando se ha visto tanto mundo, cuando se ha formado al lado de Sonny Rollins, Max Roach y Dizzy Gillespie, pocas cosas impresionan. Sin embargo el pianista cubano lo hace. Y termina el show. Y allá va ella a darle un abrazo, las merecidas felicitaciones. Con la premura olvida su bolso en una de las butacas del teatro. Un bolso pequeño, fashion a lo Dee Dee Bridgewater, con varios documentos, entre ellos su pasaporte. Lo olvida y regresa al hotel donde justo se percata de su inexistencia. En una suerte de periplo que incluyó regresar a la Avellaneda y preguntar a cuanto guardia de seguridad hubiera, a la cantante norteamericana no le queda más remedio que volver sobre sus pasos y hacer una denuncia a la policía. Pregunta en la recepción del Hotel Nacional cuál es la manera cubana, el procedimiento para dar un objeto por perdido y empezar así una «cacería de brujas». Pero Dee Dee supone que las fuerzas policiales harán caso omiso, por eso le sorprende tanto que alguien le entregue un objeto pequeño, color café. Una pareja, sentada justo en la fila detrás de la suya, sí había hecho la investigación, sin embargo. Atar los cabos y entregar el bolso en el Nacional fue tarea fácil, al parecer.

Con esa sensación de que en La Habana todo puede suceder sube a su habitación y se alista para su primer concierto en la Isla.

Pero ahora Dee Dee Bridgewater, horas antes del performance, está sentada en los jardines del Hotel Nacional y hace un frío que rompe los huesos. Viste de azul, con un sombrero pequeño –también azul–, usa gafas enormes y unos zapatos de gamuza. Habla de Horace Silver, pionero del hard bop de los años cincuenta estadounidenses. «Uno de los mejores compositores de jazz», dice. Cuenta sobre el proceso de grabación de su disco homenaje al pianista de Norwalk, de cómo honrarlo fue la manera que encontró para llamar la atención sobre su música.

De este homenaje vio la luz el álbum Love And Peace: A Tribute To Horace Silver (1995), considerado por la crítica una obra maestra. Luego, en 1997, aparecería otro fonograma que le traería muchas alegrías, entre ellas un Grammy: Dear Ella, más que un disco volvía a ser un ajuste de cuentas con la vida, esta vez el tributo sería a uno de los pilares de la música mundial: Ella Fitzgerald.

«Ella es la primera dama del jazz. Honrarla fue algo que debía hacer. Con este álbum de alguna manera estaba reconociendo además todo lo que ella ayudó a construir. No creo que hubiera existido hoy en día una cantante de jazz sin que antes existiera una Ella Fitzgerald».

Y de la reina del scat, Dee Dee salta a Memphis. La ciudad al sur de los ríos Wolf y Mississippi, hogar de Johnny Cash, Elvis Presley y B. B. King, dejó de ser el suyo cuando la cantante tenía apenas tres años y medio. «Mi familia emigró al norte, porque para los afroamericanos en aquella época –como en esta– era bien difícil conseguir trabajo en ciertas ciudades de los Estados Unidos, y ese era el caso de Memphis. Así que nos fuimos a Michigan, donde nació mi madre. Memphis llegó a mí entonces a través de la música. Siendo adolescente escuchaba una radio que pasaba los hits del momento. Así crecí».

En las noches, sintonizando a WDIA –la «primera y revolucionaria radio negra» de Estados Unidos, donde alguna vez «dejó de escucharse country y empezaron a sonar las agrias voces y guitarras del blues»–, y a los quince años, Dee Dee se enamora de Staples Singers, Otis Redding y Bobby Blue Bland. De esa etapa nació entonces su último álbum, Memphis… Yes, I’m Ready (2017), una producción discográfica que le costó tres años de investigación.

«Tenía que volver a mis raíces. Honrar las canciones y los artistas que me marcaron. Esa es la razón primera por la que hice este disco, y también para divertirme y pasarla bien. Siempre he amado este tipo de música, por eso me dije, “¿por qué no?, hagámoslo ahora”. Tenía dentro de mí ese bucket list, esos pendientes que no puedes dejar de hacer antes de irte de esta tierra, así que lo hice y me dio un placer inmenso. Fue el momento que elegí para presentarle al mundo esta otra parte de la música negra, a través de mi performance».

Un performance que la convierte en una de las voces de mayor resonancia en el panorama del jazz contemporáneo. Muestra de soltura envidiable, la cantante norteamericana se apropia de la escena, la hace suya. Sus años por el teatro no pasaron por gusto, dice. The Wiz –musical de Broadway por la que mereció un Premio Tony–, así como sus interpretaciones en el París de 1986 y 1987, sirvieron para algo más que llenar páginas en Wikipedia.

«El teatro me ofreció otra percepción del escenario. De él aprendí la importancia de estar en el espacio, de ocuparlo, y de traer a la audiencia conmigo. Siempre le aconsejo a los jóvenes cantantes que si tienen la oportunidad de estudiarlo que lo hagan. El performance lo es todo».

Imagino entonces que quienes asistieron este jueves 18 al Teatro Nacional, saben bien de lo que habla esta mujer que, toda jazz, irrumpe en el escenario como si toda ella fuera la música.