Grafiti de amor

por
Anasús

Son completamente sensoriales. No están mirando espacio, hora, lugar o convencionalismo alguno. Viven. Con toda la complejidad y la sencillez que lo haría cualquiera que solo se dejara llevar por lo que le inspira. Pero, aturdidos como vamos entre las urgencias del día a día, a veces somos completamente incapaces de hacer algo porque sí. Para ellos no hay otro motivo que los deseos.

Glenda Tapia Noajed y Leandro Villanueva Pozo van por la vida con ese aire libre que solo da la juventud. Trabajan, porque hay que comer; y comen, porque hay que vivir. Pero el resto de la rutina no es sino un constante ir y venir de deseos. Tienen aspiraciones, claro está. Mas, por ahora, son solo un golpe de suerte que puede llegar en algún momento o no. Andan de la mano grafiteando sobre lo feo, poniendo arte donde hay destrucción. Ese es su modo de sentirse en este planeta. ¿Puede haber uno mejor?

Leandro ha hecho de todo. Desde albañil, herrero, informático, hasta vendedor en un agromercado. Ha practicado judo, karate, atletismo, baloncesto, voleibol. Le gusta mezclar temas, e intentó surfear y patinar, «pero eso era mucha locura para él».

Pero esto es lo suyo; «aquí sí que no me aburriré», me dice. Comenzó hace alrededor de cuatro años, y, aunque solo lleva tres meses dedicándole cada noche, ya siente esa dependencia total que nos brinda lo que nos hace completamente felices.

Glenda no sabía que le gustaría. Ni siquiera tenía idea de lo que pondría en las paredes para ser ella misma. De niña había intentado estudiar pintura porque su abuela estuvo en San Alejandro. Pero la nieta no persistió en seguir la tradición. Hoy deja como huella unos muñequitos raros que parecen agarrarse de la vida antes de caer al abismo. Tal vez, estos artistas se parezcan un poco a sus personajes. Se aferran de sus brochas para no caer en la dominante vida convencional, como la que dictan las aburridas lecciones de pragmatismo.

Son parte de HDLC (Hijos de la calle), un nombre del crew (especie de equipo o banda) que integran junto a otro grupo de amistades que andan por Los Ángeles. El tag (la firma o nombre artístico) de Leandro es Sam 33 y el de Glenda, Lou 81.

Él comenzó haciendo exposiciones en galerías con amistades que lo invitaban. Pero lo dejó todo y se dedicó al diseño. A partir de ahí desarrolló la línea de lo que denomina su religión, que no nace de ninguna otra; es algo que él mismo se ha creado como filosofía de vida. Sobre esas ideas pinta.

Hace unos meses empezó a ir a las calles a grafitear con un amigo que lo animó. «Esto viene desde que yo era chiquito, porque en mi familia pintaba, aunque solo como hobby. Ese fue el ambiente donde crecí», confiesa este muchacho de espíritu tan libre que ni las academias lo han atrapado.

«Nunca dejé de dibujar. Pintaba las paredes y las mesas del aula. Pero solo ahora me lo he tomado como profesión. Si no salgo a la calle con un pomo de tinta de imprenta, no estoy feliz.

«Siempre ando con la ropa pintada, las uñas llenas de tinta… y Glenda me pelea. Pero esto es lo que más me ha gustado de todo lo que he hecho desde niño. Y voy a seguir haciéndolo hasta que pueda, a ver dónde termino, pintando todo lo que pueda pintar», confiesa.

«Cuando grafiteo, siento una emoción fenomenal; creo que estoy en otro espacio, no me interesa nada. A veces, hay que estar atento a las personas, la policía, pero yo no lo hago. Empecé pintando de día, porque era más seguro, pero era mucho calor y las interrupciones también. Hasta que decidí pintar de noche. He llegado a crear hasta siete trabajos de una vez. Generalmente pintamos, fotografiamos y luego nos conectamos y los subimos a Instagram para que las personas los vean. Volvemos a casa alrededor de las tres de la mañana», dice ella.

Así, mientras La Habana duerme, Leandro y Glenda pintan las paredes que al otro día veremos bautizadas de nueva vida.

¿Cómo funciona ese entretenimiento? ¿Existe alguna regulación para desarrollarlo con tranquilidad?

«Ojalá pudieras pintar la pared que quisieras, pero no es así. A veces, escoges una y viene un vecino o la patrulla y te pregunta por qué lo haces, qué significa y tienes que estar dando mil explicaciones. Normalmente, esas aclaraciones deberían obviarse en lugares derrumbados, pero también ahí te preguntan, hasta por curiosidad.

«En la radio pusieron una vez que podías pintar en derrumbes, lugares abandonados o casas, pero no siempre es así. A veces, llegas a una casa, el dueño te da permiso y luego la policía lo hace pasar por un mal momento. Nunca me han llevado a una estación, pero al grafiti, en cualquier parte del mundo, mucha gente lo ve como algo vandálico o de personas con nivel intelectual bajo. Es verdad que comenzó siendo así, pero ya es un arte y se hacen exposiciones tremendas», razona Leandro.

Lo que yo quisiera, respecto a la legalidad del grafiti, dice el joven, es que en cualquier lugar que esté deteriorado, feo y gris, nos dejaran dar color. No pedimos más nada. Nosotros no transmitimos ningún mensaje subliminal ni político, sino que pintamos lo que nos inspira. Lo mío es un poco religioso y lo que hace Glenda es más naïf. Además, siempre pedimos permiso antes de grafitear.

Entrando en la filosofía de vida de estos artistas, me describen que casi siempre se empieza solo, y luego se arma un grupo. Con el paso del tiempo cada quien lo hace a su ritmo, porque se trata de estilos y velocidades diferentes que hacen que sea preferible pintar en solitario. Sin embargo, una vez que se ha formado un crew, se firma con los tags de todos los integrantes, aunque solo esté una parte del equipo, me cuentan.

Haciendo un poco más la historia de amor, la muchacha me dice que eran amigos desde muy jóvenes. Luego, se enamoraron. Primero, de ellos mismos. Luego del grafiti, con una pasión compartida que los ha unido por más de tres años.

Leandro y Glenda quisieran sumarse al trabajo de otros grafiteros, aunque no han podido contactar al grupo que conocen en Cuba, que es Muraleando. Pero les gustaría que vengan artistas de otras partes del mundo y del país para compartir experiencias.

¿Qué estarías dispuesta a hacer por un grafiti?, provoco a Glenda. Pero la respuesta –como cada gesto espontáneo de ella– no se hace esperar. Cualquier cosa, dice, y cuenta que de niña se subía en todos los lugares, así que ahora puede hacerlo igual.

Si de sueños se trata, su expresión se vuelve la de una niña que lo añora todo y no tiene idea de cómo conseguirlo. «Quisiera tener una galería para todas las personas a las que les gusta el grafiti; y muchos materiales y paredes para pintar», lanza, como si se tratara de un imposible.

Leandro quisiera hacer una gigantografía visible desde cualquier lugar. El problema no es el sitio, me aclara, sino la cantidad de recursos que se requiere para eso, y la necesidad de que alguien contrate y autorice a dibujar la pared enorme de cualquier edificio.

Lo importante, acordamos, es entender que todos los que hacemos grafitis en Cuba, no pintamos por pintar, ni para ensuciar paredes, sino porque creemos que es útil y porque esa es nuestra pasión. Lo que estamos haciendo es embellecer.

Me alejo y Carlos Varela me suena por dentro. La razón es evidente. Pido prestado el título de su canción para nombrar esta historia, porque no sé si tenga otro más especial que Grafiti de amor. ¿Qué creen?

 

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