K, de Bianchini

por
María Carla Figdomech

En el número 161 de la Calle Sol vive una mujer. Ella es toda naturalidad y encanto. Katia abre la puerta de su casa, como si el gesto fuera una invitación a entrar a su vida. Más que recibirte, te hospeda y arropa con sus palabras, mientras prepara té con galletas caseras.

Llegó con 10 años a Cuba. Su padre, un científico erudito en energía nuclear, simpatizaba con la Revolución Cubana y no perdió la ocasión de regalar a su familia la oportunidad de vivir el proceso en primera persona. Katia se despidió de sus amiguitos en Suiza. Su imaginación le prometía un país donde todo era de todos y el sol siempre calentaba la tierra. De modo que podría probar frutas de todos los árboles, salir a jugar a la calle y ver el mar casi a diario.

Desde el recuerdo, evoca el viaje como un trayecto largo y agotador. El recorrido incluía paradas en Madrid y Canadá, antes de arribar a La Habana en una noche a finales de marzo. Su primer encuentro con el Malecón le reveló un muro que lo resguardaba del mar. Luego aprendió a amarlo, como todos los que vamos a ese amplio balcón de la ciudad.

Primero vivió en el Este. Al poco tiempo, lograron mudarse a El Vedado para experimentar de cerca la vida de la capital. Desde allí sí podía ver el mar, como ambicionaba. Pero, al descubrir La Habana Vieja, una parte de ella se quedó para siempre entre sus calles y plazas.  Katia recuerda cómo le escribió una cartica a Eusebio Leal, que por entonces iniciaba su inestimable labor de rescate y restauración al frente de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Eusebio la recibió y escuchó con atención cómo la jovencita explicaba su deseo de servir de traductora a visitantes o delegaciones en recorridos por el Centro Histórico. En esa época ninguno de los dos imaginaba la amistad que años después los uniría.

Mientras tanto, el tiempo seguía su curso indetenible. La adolescente Katia se enroló en el Proyecto Ceiba. En el contingente pedagógico cursó bachillerato para formarse en ciencias, pues quería estudiar Física, en honor a su padre. Al recibirse, impartió Astronomía –una asignatura que por primera vez se insertaba en los planes de estudio–hasta que las cuerdas vocales se lo permitieron.

Matriculó en la Universidad de La Habana, y allí se convenció de que la Física no era su vocación. Como es una mujer de sensibilidades, le importó menos el buen desempeño acumulado que el sentimiento de confesar que no cumpliría su promesa. Le interesaban más la comunicación y la cultura, y este convencimiento le infundió el valor para conversar con él, quien, padre al fin, supo comprenderla.

El arte de relacionarse

Dicen que de las conversaciones familiares los niños y las niñas aprenden mucho más de lo que parece. Los asuntos prenden en ellos y extraen savia con la cual alimentar su universo. Katia satisface a la perfección esa regla. La profesión de su padre –más tarde reorientado hacia las energías renovables–, la amistad con Antonio Núñez Jiménez y las raíces italianas por el lado paterno, favorecieron en ella cualidades de su carácter: una inclinación hacia la naturaleza, la afición por leer, su poder de síntesis –que no desmerece la elocuencia- y esa capacidad de hacer de los relatos, historias que cautivan hasta al más parco.

Katia es una mujer inteligente y culta, cuyos ojos claros y sonrisa nítida inspiran confianza y cercanía, incluso a escasas horas de conocerla. Cuando le pregunto su estrategia para armonizar sus aspectos cubano y suizo, contesta con una frase que sentenció su padre:

«Globalización es que yo tenga un pasaporte, mis hijos tengan dos y mis nietos tres».

Katia no buscó mimetizarse en la cubanidad; ambas se fueron aceptando poco a poco. La esencia de su pasión por La Habana reside en la forma en que esta ciudad y ella respetan e integran lo diferente. No hay razones para que un ser humano mutile su esencia, porque es de ahí que emanan los valores que permiten que dialoguen un espíritu con otro y borden sueños comunes.

Tras el magisterio, Katia ejerció como traductora, y luego se enroló en una empresa judía radicada en La Habana, que promovía soluciones tecnológicas basadas en energía solar para el sector turístico. Con el tiempo, conoció bien los intríngulis de aquellas aplicaciones, y ganó habilidades en el mundo de la gestión. Aunque llevaba una vida de ajetreo, disfrutaba el dinamismo del trabajo. Le gustaba sentirse útil, y las «reuniones relámpago» fuera de Cuba la mantenían a tope de energía.

Ya los niños habían nacido. Gabriel, Sandra y Marquitos crecían viendo a mamá hornear el pan de casa cada día, como antes ella había aprendido de su madre. La relación sentimental con el conocido músico cubano Rey Guerra (discípulo de Leo Brouwer) multiplicó sus amistades, tanto como sus pasteles. Pactar un encuentro en su casa, era saber de antemano que habría charla animada, buena música ¡y dulces recién sacados del fuego!

La casa del Sol

El amor por La Habana Vieja continuó intacto, al punto que decidió mudarse. Después del trabajo, aprovechaba sus ratos libres en desandarla; ahora buscando un lugar para vivir. Fue Leo Brouwer quien descubrió el lugar perfecto para ella, en la calle Sol. Cuenta que un día la llamó para decirle de su hallazgo. El tercer piso de un edificio construido en 1928 la esperaba, y, al mismo tiempo, su hija Sandra se convertía en propietaria de otro apartamento pocas cuadras más arriba, cerca de Villegas. Desde entonces, Katia es consciente de que su relación con el Sol es cabalística. Quizás porque nació el 13 de agosto, bajo el signo Leo.

Al comienzo era «la extranjera». Los vecinos la miraban con cierta extrañeza, como advirtiendo a alguien diferente. Hoy es solo Katia. Se acercan a ella como parte de lo cotidiano, y traban vínculos sobre la base de la reciprocidad.

Al inicio sus hijos reprocharon desprenderse de amigos y hábitos formados en El Vedado, pero fueron comprendiendo la decisión. Por un tiempo continuó viajando desde Miramar a su nuevo hogar, repartiendo su día entre gestionar temas en la oficina y hornear por encargo. La dueña del Restaurante Doña Eutimia la había invitado a preparar postres para su menú, y asumió el reto con su hijo Marquitos, que mostraba interés por la cocina.

Gran Café… Bianchini

Cuando su mamá enfermó, Katia se replanteó las prioridades. La solución entraba por la cocina. Durante una visita a la familia italiana planteó la idea.

«Recuerdo que fue en una cena. Toda la familia se juntó alrededor de una gran mesa, porque allí las decisiones se consultan así. – ¿Ustedes están de acuerdo en que abra un café en La Habana?»

La pregunta no sobraba. En la región de Italia donde vive su familia hay un sitio muy concurrido, el Gran Café Schenardi, que ha pertenecido a la familia por generaciones. Su apuesta era otra: Café Bianchini. Todos coincidieron. Homenajeando el segundo apellido, el nuevo proyecto reunía los secretos de la pastelería artesanal italiana con el encanto de la ciudad que escogió para vivir. No se trataba de narrar segundas partes, sino de escribir una nueva en este lado del Atlántico.

Otra vez, la Calle Sol se vislumbró en el sino de Katia. La primera locación del Café radicó en los primeros números de esa calle, y hoy se amplía a otro enclave próximo. Luego, abrieron el espacio del Callejón del Chorro, donde el público asiduo da fe del buen trato y calidad de las ofertas. Bianccini (cuya pronunciación suena con K) es un proyecto de familia.

Sandra participa de las preparaciones, alternando con su dedicación a la pintura. Marcos lleva las cuentas. Gabriel enfocó su ángel para las artes plásticas en el diseño de ambientación, y creó el logo, entre muchos bocetos.

«Quería un gato con ganas de comerse un dulce», recuerda Katia sonriendo.

Hoy Bianchini se ha colado en la preferencia de muchos. Sus platos artesanales a base de ingredientes naturales y saludables, atraen a quienes vienen de paso por la ciudad. Los habaneros repetimos la visita una y otra vez, con cualquier pretexto. Desde el umbral mismo descubrimos un ambiente agradable, fresco y aromático, con la marca de su dueña.

Pero este Café aspira a mucho más. Pretende devenir en un lugar de encuentro para la comunidad, y va por buen camino. Libres de tintes químicos y preservantes, proyectan perfeccionar progresivamente la visualidad de sus propuestas hechas en casa. Los jóvenes que allí trabajan también viven en los alrededores. Colaboran con los grupos de protección de animales de la ciudad, y su identificador es un manifiesto de esa actitud.

Recientemente, Katia solicitó a las autoridades su residencia permanente en Cuba. Todos estos años renovaba periódicamente su permiso temporal. Pero ella se siente de esta tierra desde mucho antes. Llegó para quedarse, y un documento no define nuestro lugar de pertenencia. Son lazos de otra índole, y los suyos están anclados definitivamente en La Habana Vieja.

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