La esencia irrepetible de Paloma

por
María Carla Figdomech

Una imagen vale más que cien palabras. A veces también un aroma. Garbos se sumerge en ese enigmático universo sensitivo y reverencia a una de sus figuras icónicas: Paloma Picasso.

Hija del autor de Guernica y la artista gala Françoise Gilot –quien escribía y pintaba–, Paloma no entiende de fronteras geográficas ni creativas. Como el ave que ella misma simboliza, despliega alas y surca el cielo para llevar su mensaje. Europa es su mundo; el arte, su sustento; la moda, su razón.

Anne Paloma Ruiz-Picasso Gilot tiene un nombre largo como su fama y soporta sobre los hombros la responsabilidad de prestigiar con su persona a quien debemos el cubismo en la vanguardia plástica del siglo XX. La versión breve es su modo de llegar más rápida y efectiva a nuestra sensibilidad. Paloma Picasso, una firma sonora como un río y cadenciosa como un arrullo.

De línea paterna

Vino a este mundo para embellecerlo, el 19 de abril de 1949 en Vallauris, Francia. Occidente danzaba al son de la posguerra y Europa se afanaba en resurgir de sus heridas –las físicas y las morales. Su padre regaló al universo el dibujo de una paloma blanca, para celebrar el Congreso Mundial de Partisanos por la Paz. Ese año nació ella y Pablo decidió recordar con su nombre el valor principal de la humanidad.

Cuando acontecieron los sucesos de mayo del ’68, Paloma tenía apenas 19. Su edad y las inquietudes que trajo aquella revolución estética y sexual se articulaban perfectamente: el sentido de libertad individual que desde siempre se respiró en su casa cobraba proporciones macrosociales. Entonces se aventuró a hacer de la creación también su empresa.

Dibujar, sin detenerse en los medios

Despuntó en la joyería, captando con las vibraciones imperceptibles de las piedras corrientes las otras estremecedoras de la nueva época. Ya había incursionado en el diseño de modas y pronto descubrió que ambas áreas no eran sino anverso y reverso de una obsesión: la del dibujo.

Entonces fue que Yves Saint Laurent la convidó a acompañarlo, aportando complementos para una colección de su marca. Tres años más tarde trabajaba para Zolotas, una empresa de joyas en Grecia. Y para 1980, ya diseñaba para Tiffany& Co. No escasearon los interesados en sus invenciones, pletóricas de colores, formas y, por supuesto, gemas muy diversas. Como el diseño es un lenguaje universal, los escenarios tampoco se le resistieron. Decoró escenografías en el teatro y hasta prestó su cuerpo a un personaje en el cine.

Esencia de notas profundas

A mediados de los ’80 Paloma lanzó su primer perfume a la industria cosmética. Abrazó el rojo y el símbolo de su nombre como marcas propias de identidad: un explosivo maridaje entre su espiritualidad nívea, delicada y el lado impetuoso de su carácter con ascendencia española.

L’Oreal prestó su casa para respaldar el suceso, confiada de la suerte que corría su buen sello. No fue de otra forma. El Paloma Picasso, envasado en rojo, negro y dorado era leyenda entre los olores que se conciben para descifrar (¿o encubrir?) los misterios de la mujer moderna. Una línea entera de productos estéticos afianzaba su preferencia en las tiendas.

Para 2000, la niña de su padre había devenido en empresaria asentada. Su discurso se vuelca al juego de la moda, espacio de ocio para mujeres determinadas e independientes que saben sacar parte a su estilo personal. Por eso no es desvarío su inclinación reciente hacia los colores nude. No hay rupturas, sino constantes revoluciones. A fin de cuentas, nada hay tan divertido como jugar a la creación con la actitud ingenua de los niños y la experiencia que el tiempo concede.

 

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