Las rebeldías de Flora Lauten

por
Daniel Lana

A veces la trayectoria de un ser humano puede ser contada en méritos, en premios (de esos hay muchos, algunos son importantes). A veces puede ser contada por la calidad de las personas que han acompañado el viaje, por sus experiencias y aprendizajes. A veces su existencia se funde con la de un edificio y una profesión. Pero es solo en algunos casos excepcionales en los que la historia de una persona puede ser contada como la historia de sus rebeldías. 

Flora Lauten se reveló al hecho de ser una de las mujeres más bellas de este país, se rebeló al hecho de ser una actriz naturalista, se rebeló ante todo lo que pudiera ser superficial y rígido. Sus méritos no están en fundar una escuela y sostenerla durante treinta años, sino en comprender su compromiso con el arte de una forma siempre novedosa y cambiante, un estado exaltado de la percepción que le permite crear en sus obras una atmósfera irreal y tangible, un espacio lejano y cercano al mismo tiempo.

Durante más de treinta años, en esa edificación que otrora fuera el templo ortodoxo de Loma y 39 en el Nuevo Vedado, Flora Lauten ha defendido el derecho del artista a desarrollar una investigación que toma distancia del entretenido teatro de los circuitos más complacientes con las demandas del espectador.

Defender la magia, defender lo maravilloso en la realidad, el hecho que se distancia del monótono de lo cotidiano y nos acerca al misterio irregular que conecta los sucesos y los hace historias… esa ha sido la labor de Flora. Porque la magia nos asombra, pero también nos obliga a cuestionar lo que definimos como real; lo casual, lo causal, la verdad.

Frente a la belleza con la que el realismo plasma los momentos más elevados y las vueltas en la espiral humana con mimético empeño; la investigación que produce el Teatro Buendía se constituye de una belleza y una verdad que no late en los pilares tradicionales de la creación dramática, un tiempo y un espacio definidos, un personaje, una situación, un conflicto verosímil; sino en el juego sagrado que se produce al alterar todos estos criterios para llegar a su naturaleza primigenia, el acto imprescindible de la comunicación humana.

Esta rara avis del universo teatral cubano no busca imitar perfectamente las formas de comportamiento social, sino que indaga en las causas, en lo que desde dentro llamamos el impulso. Y una vez ahí lo utiliza como elemento fundamental en la construcción de un nuevo esquema de realidades, un espejo que no refleja lo que somos, sino lo que podríamos ser, lo que soñamos ser. Todo lo que está verdaderamente vivo no puede ser siempre comprendido ni reproducido, porque se genera en lo más oculto de la contradicción. Una verdad que se descubre al borde mismo del agotamiento, cuando el cuerpo comienza a perder su relación con lo racional y descubre las misteriosas redes del instinto.

El cuerpo vuelve a ser cuerpo, no cuerpo cultural, no cuerpo social, sino cuerpo en esencia. Entonces aparecen las máscaras, como elemento de juego, como elemento liberador de la conciencia y de la piel del actor.

El estreno más reciente de Teatro Buendía, una obra inspirada en la correspondencia de Santa Teresa de Ávila, que ha tomado forma bajo el nombre de Éxtasis abre la posibilidad de una reflexión sobre las causas de esta pasión infinita por lo teatral. Un viaje místico y real, donde las fronteras entre personaje y actor, que tan estrictamente defienden las academias, pierden toda nitidez y sentido.

Flora Lauten es Teresa y viceversa; una agonía, en el sentido de dos realidades que emergen juntas y se van destruyendo mutuamente para fecundar un espacio feérico, atemporal y a su vez cargado de significado. La necesidad visceral de construir un templo para la fe, la penitencia diaria del ejercicio de la voluntad sobre los obstáculos, la honestidad como proceso de búsqueda continua y mutable de la verdad, y la certidumbre de la belleza oculta en el rincón más oscuro de nuestra propia naturaleza son algunos de los hilos que conectan Éxtasis a una suerte de biografía teatral, un resumen de historia colectiva, que no podía encontrar otra piel mejor que la de la propia Flora, porque es a la vez la historia de lo que ha pasado, lo que sucede y sucederá con nuestro teatro.

Una libra de su carne, —como dijera Shylock— que se descubre en toda su fragilidad y es quizás el valor que encierra el acto de confesar, la razón que lo vuelve fuerte y necesario. El nuestro es un tiempo de maravillosas oportunidades, pero también de apatías, de desinterés; y ahí donde el cansancio, la decepción y el sinsentido tienen su dominio, en medio de páramos de privaciones florecen estas semillas, como un viejo tronco, que en cada temporada, brinda la más alta de sus frutas.

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