Seducir con cuadros en escena

por
María Carla Figdomech

La escena colonizó su vida y a eso dedica su energía, sobre las tablas o detrás, asumiéndose directora.

Garbos llegó a Mariam Montero como espectador de El Espejo, un suceso entre los más atractivos del panorama teatral actual. Las funciones en el Centro Cultural Bertolt Brecht, a sala llena, recibieron elogios de la crítica y el público, con varias personalidades del arte cubano.

Pero ese no es su estreno en la dirección. Antes hizo Night Club, también bajo el sello de Ludi Teatro, la compañía de su gran amigo Miguel Abreu, a la cual ella pertenece.

«Tenía dos necesidades: actuar y dirigir. ¿Cómo conciliar esos dos perros hambrientos, que son tan parecidos y, a la vez, tan distintos? Me dije: quiero hacer un musical con una diva que cante, pero, al mismo tiempo, una escena de ballet y algo de tap al estilo los años ’40. ¡Puedo hacerlo todo! Entonces surgió Night Club, una obra muy sencilla donde hay un maestro de ceremonia, una diva, un barman y estos números que se enlazan a modo de round de boxeo profesional, anunciados por la muchacha de limpieza.

No iba a buscar un texto, salvo el de presentación y despedida, un fragmento de Los tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Quería que todo estuviera en consonancia con esa Habana, con esa vida. ¿Qué tenía la obra? Escenas virtuosas: la diva cantaba bien, los que bailábamos tuvimos que aprender a la usanza de Fred Astaire y Ginger Rogers, salvando distancias. Y funcionó, porque no tenía más pretensiones que el despliegue escénico, que la gente se sintiera bien y una defensa de los actores donde hay belleza, encanto y seducción».

Seducción, para ella, la quintaesencia del arte. Se cuela por los sentidos y da paso a códigos, lenguajes y niveles. El primer encuentro es sensorial. Y entre las artes, eligió el teatro, un espacio efímero donde las emociones enlazan música, artes plásticas, literatura. Performance, composición, cuadros en movimiento.

Que no cierre el club

Para Mariam, la creación empieza como un bichito o un espíritu que se instala entre pecho y espalda, y no la abandona. En una función del espectáculo anterior, una improvisación al estilo de Ella Fitzgerald, le inoculó la nueva idea: un coro de hombres.

«Fue la primera vez que lo vi. Se me presentan como visiones. Es una espiritualidad que llega como de un muerto [risas], como un espíritu al que se le van sumando cosas. Quiero hacer un coro de hombres, que el texto sea cubano, que sea un musical, pero como novela de radio. Tengo que empezar a escuchar novelas de radio…

No tenía el texto. ¿Ves cómo es al revés? Busqué primero un coro de comedia griega. Le eché un ojo a Aristófanes, y me saltó la apertura de la obra: un coro de jóvenes iniciados a los misterios de Baco. Me encantó porque la entrada de esos muchachos a la escena era como un acto de fe, una invocación al dios del vino y los placeres, para que nos guiara en este viaje.

Oyendo Radio Progreso, me resultó excitante el programa Entre novelas. Dentro de los tonos graves de los novelones, venía esta conductora con una frescura muy particular, y la recreé en un personaje.

¡Pero, todavía no había dado con el texto! Cuando me preguntan por la idea de revolucionar esa pieza, pienso que podría haber sido esa u otra. Yo hice un casting para un texto, como dije hace no mucho. Una noche a la una de la madrugada, leí El peine y el espejo, de Abelardo Estorino, y me pareció que encajaba. Lo releí a la mañana siguiente, y dije, es este.

Ya tenía el montaje, la música –oyendo antologías de música cubana-, el texto, la idea de la frontalidad. Ahora el asunto era probar eso, ver si funcionaba».

Algunos califican El Espejo como una obra arriesgada. ¿Cómo la describirías tú?

Es riesgosa por el juego de la frontalidad, por el diseño de luces escueto. Yo quería que fuera como una exposición en una galería, en un museo. La luz no puede ser teatral, porque si no es abigarrado.

Para mí no es solo una obra de teatro, también es un acto performático, como una caja de música. Tiene una historia dentro que no conoces pero sientes su atmósfera, y, sobre todo, funciona. Le das cuerda, empieza a articularse y, de repente, te hace una historia. Por eso les decía a los actores que nos quedaba muy bien o era un fiasco.

El Espejo es un homenaje a nuestras tradiciones. Son cubanos la música, el texto y el espacio de la novela, que es parte de la banda sonora de nuestra infancia.

 

Entonces, la artista cuenta cómo recibió la radio en herencia, aunque no ha trabajado en ese medio. Su abuelo, un intelectual de renombre en el país, radió programas deportivos y de jazz. En especial, hizo Clásicos de la Música y la Literatura, al cual la joven hace un guiño en su obra. Al final, «el teatro también es un encuentro con uno mismo –afirmó–, ahí está lo que uno ha sido y ha hecho».

Con todos los hijos

No es extraño que la musa ronde la casa. Como fantasmas, se anuncian imágenes de lo que serán las dos propuestas siguientes. Solo llegan atmósferas todavía inmateriales, pero esa es una sensación conocida.

«Estás haciendo una cosa y te asustas por el después, pero si estás en ebullición siempre aparecen las ganas. Cuando estoy alimentando al hijo, es todo para él. En el momento en que va saliendo, ya estoy pensando en el hijo nuevo. Decía mi maestra Antonia Fernández: “Los directores no somos de las obras pasadas, sino de las futuras”. En El Espejo, el riesgo estaba. Pero, en el fondo, sentí que iba a salir bien porque yo lo veía, creí en eso. Ha superado mis expectativas, eso me pone la varilla un poco alta. Alguien me dijo que siguiera en el musical, porque se me daba bien. Sí, puedo seguir si mi inspiración me lo indica. Con la única que tengo compromiso, es con mi inspiración. Donde esté mi sangre, todo va a estar bien».

 

Por otro lado, su interés en la factura de la puesta, la motivaron a buscar asesoría con profesionales como el profesor de canto Leonardo Barquilla y el guionista radial Ariel Amador Calzado. A punto de concluir las funciones, se preocupa por la corta vida del hecho teatral, y busca preservar la pieza para el futuro.

«Que pueda ser mostrada, que se mantenga viva. La tecnología ha llegado al punto de documentar lo que sucedió. Así, mañana yo podré venderlo o convocarlo, para que un actor pueda recordar una partitura o hacer el doblaje. Si no, no hay nada».

 El paso por la vida

Mariam ingresó a la Escuela Nacional de Arte (ENA) con 15 años, y se quedó en el teatro. Lo descubrió poco antes en una sala bayamesa, adonde asistió a Las rosas de María Fonseca. Se prendó al ver cómo personas, a pocos metros de ella, hacían una vida. Experimentó, entonces, el deseo de subir al escenario.

«Recuerdo que estuvo muy bien actuada. Por suerte, porque no hay segunda oportunidad para una primera impresión, como dice mi tía».

Salió de su ciudad con un equipaje ligero y perdurable. Trajo consigo la sensibilidad de su padre, ingeniero enamorado del Museo del Louvre; la corazonada materna, capaz de leerle con nitidez el histrionismo; la tenacidad del abuelo, defensor de la radio, la cultura cubana y la enseñanza como las cosas que más amaba. Por el camino, ha asimilado el resto. Hizo teatro para niños en el grupo Caleidoscopio, montó una obra con Gaia Teatro, ha actuado bajo la batuta de Miguel Abreu.

A su maestra Antonia Fernández, directora de Estudio Teatral Vivarta, agradece especialmente:

«Hace un trabajo sobre la acción, y no es solo con vistas a un montaje, sino como teatro laboratorio. A ella le interesa la pedagogía, va transformando a los actores con quienes trabaja. Es un proceso más lento, pero iba preparándome al punto de que hoy puedo dirigir actores.

En mis obras se ve la plástica ligada al teatro de la acción, de la precisión pasada por mi filtro. Dejo menos margen a los actores, se nota mi sello. Ellos improvisan, crean, proponen; pero, al final, se ajustan bastante a mi partitura. Está casi todo pautado, no hay solo una partitura vocal, sino también física. El proceso viene siendo un diálogo entre contenido y forma. Yo les propongo una forma, y su trabajo consiste en llenarla de contenido».

Ahora, feliz y en lo que le gusta, aspira a ingresar en una Maestría en Dirección Teatral que convoca la Universidad de las Artes (ISA) para consolidar los saberes técnicos. Ella misma es su meta.

«La vida no para, el teatro tampoco. Y mucho menos cuando diriges. Si actúas puedes decir se acabó el ensayo, pero el director es responsable de todo. Tengo etapas más tranquilas y otras en que el nivel de estrés es muy fuerte. Que nazca un niño lindo es bueno; para mantenerlo bello hay que seguir.No veo división entre la vida y el arte, siempre estoy haciendo teatro. Desde una cola, en la forma de abordar a la gente, el actor y el director tienen que saber seducir. Es como un samurái con un sable que va abriendo el camino, o como un Eleggua. La luz está allá y hay que llegar, porque ya me lo propuse».

Se apaga el micrófono por accidente, pero se encendió otro canal que dio lugar a una complicidad instantánea y provechosa. La conversación fluyó y seguimos grabando en nuestras memorias. Conocí, entonces, de eventos que de repente matizaron mejor a la persona que es Mariam Montero.

Supe de su niñez como gimnasta, y de cómo permanece madrugadas completas frente al televisor, mientras duran las Olimpiadas. Comentó su gusto por el jazz, la música cubana y toda la buena música del mundo. Me asomó a sus historias amorosas, algunas dan cuenta de la inclinación por las artes plásticas.

Hablamos de aspiraciones, del interés en desdoblarse como actriz en el cine. Lo más interesante fue constatar el presente. Mariam atraviesa una etapa en que ella es su mayor prioridad. Siembra para recoger su propio fruto. Aspira a una sinceridad existencial tan englobadora como genuina. Dará de sí mientras le alcancen las fuerzas, llegará hasta donde la lleven sus pasos. El guion apenas empieza a escribirse. Todas son oportunidades.

Es curioso. Al salir, se escuchaban las voces de Gema y Pavel desde un balcón anónimo: «Al otro lado del río se puede llegar siempre siguiendo tu estrella». Pensé en Mariam. ¿Tendrán razón? Creo que sí.

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