Sonidos de la Historia

por
María Carla Figdomech

Cuando habla de cine, Sheyla Pool mira como si tuviera ocho años. De sus ojos vierte una claridad que se confirma en su sonrisa, amplia y desinteresada, como debieron haber sonreído los que presenciaron las primeras tomas del cinematógrafo. Su expresión de ingenuidad y asombro –de algún modo prolongada en su tatuaje, semejante a un dibujo infantil–, habla con palabras tan espontáneas como certeras.

Porque nació en diciembre tiene de Sagitario el espíritu aventurero, la necesidad de cambiar y divertirse a través de su trabajo, y la autoexigencia. La comprendí cuando me contó que su pasión por el cuerpo humano la condujo a estudiar los dos primeros años de Medicina. Pero, el rigor de la especialidad la limitaba en sus pasiones: leer y narrar.

«Realmente empecé Medicina porque estaba fascinada con el cuerpo humano. Para mí era un misterio. Sentía y sigo sintiendo que es una expresión de la naturaleza concentrada.

«Luego, esa complejidad se repite a nivel celular, como un fractal. Decidí cambiar de carrera, después de estudiar dos años, porque sentí que tener la vida de otras personas en mis manos era una responsabilidad demasiado grande. Solo leía sobre Medicina, y me gustaba mucho leer y contar. Ahí entré en contradicción.

«Siento que la pasión por contar es lo primero, es una tendencia. No sé si viene porque mi mamá siempre nos habló mucho a mi hermano y a mí, o porque ella y mi abuela son muy fabuladoras. No sé si tiene que ver con mi familia, con la forma en que he crecido. No puedo ver las cosas de otra forma: para mí todo son pequeñas historias engarzadas con algo. Es inevitable. Me di cuenta de que no era ese el rumbo que quería para mi vida, y tomé la decisión de cambiar a Filología Hispánica, en la Facultad de Artes y Letras».

Fue así que Sheyla dio un giro de 180 grados. En Filología su pensamiento no solo se expandió entre los entresijos del lenguaje, sino que descubrió otros modos de decir. Al concluir su servicio social en Prensa Latina, decidió que era tiempo para otro cambio:

«Quería contar historias, y allí no lo estaba haciendo. Así que decidí hacer los exámenes para estudiar guion en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV). Había hecho algunos talleres de guion y producción, incluso recibí uno de producción de dibujos animados (que me encantan) donde se ofrecía la posibilidad de que los mejores alumnos se quedaran en los Estudios de Animación del ICAIC. Me dije que era una manera de estar dentro. Si no era seleccionada en la EICTV, al menos podía trabajar allí. No era exactamente lo que quería, pero estaba más cerca».

Pero esta mujer llegó al mundo con una estrella que, sin pintarle el camino color de rosa, guía sus pasos más osados hacia la realización profesional. Fue seleccionada para estudiar en la EICTV, en la especialidad de guion. Una vez dentro, decidió hacer otro cambio, y después de un segundo examen, se hizo oficial que ya no pertenecía a la Cátedra de guion, sino a la de sonido.

«Para algunos ese cambio era raro; para mí no, pues ninguna especialidad está tan alejada de la otra, y verlo así es un error grave. Mientras más sepas de otras especialidades, más enriqueces la tuya –es un concepto que tengo. Mientras más conectes diversas cosas, es mejor en el fondo. Esta era una avidez que yo tenía: quería estar más dentro del proceso creativo.

«El sonido no me ajeno, porque recibí clases de canto durante mucho tiempo. Ese vínculo con la música quizás podía aportarme cierto entrenamiento sonoro. Por otra parte, me resultó extremadamente difícil por las cuestiones técnicas, pero no así a nivel narrativo.

«Nunca he dejado de escribir; mejor o peor. Tengo una vocación para narrar, da igual qué tipo de narrativa sea. Está en mí. Todo lo que está en mi cabeza entra y se organiza de esa manera».

Hora Cero

A veces, la vocación va por delante de una, anunciándose como una marca sutil que solo detectan olfatos entrenados. Quizás fue esa la razón que hizo que el jurado del Premio Caracol en la edición de 2005, detectara las virtudes de California, corto de ficción coescrito por Sheyla y la directora Irene Borrego, y para el que también realizó el sonido directo y el diseño de banda sonora. Con su único aval salió a cazar un espacio para crear. Poblaba sus ideas con proyectos para el futuro, dispuesta a empezar nuevamente desde cero.

«Fui al ICAIC, al área de sonido, después de graduada en la EICTV. Básicamente eran los trabajos que había realizado en la Escuela, incluida mi tesis. Lo que más quería era trabajar, integrarme a las producciones y aprender. Por alguna razón –puedo tener muchas teorías al respecto–, desde que estaba haciendo la entrevista supe que no me iban a llamar. Efectivamente, eso fue lo que ocurrió».

Desilusionada, se fue de Cuba durante un año. Al regresar, todavía no se dibujaba un nuevo horizonte de posibilidades. Pero, quiso el azar que otra persona escuchara su historia. Marisol Rodríguez, directora de la Muestra de Jóvenes Realizadores, la invitó a ser la coordinadora del primer Haciendo Cine, un espacio donde los aspirantes a cineastas concursan con sus guiones para ganar financiamiento. Feliz de estar de vuelta, no perdía ocasión de interesarse por cualquier oportunidad en alguna película.

«Ese momento llegó cuando fui invitada a realizar el montaje de ambientes y efectos de Ciudad en Rojo, de Rebeca Chávez».

Llevaba más de dos años sin trabajar, pero aceptó el reto de montar todos los ambientes y efectos de la cinta. Por razones de última hora, ella, que no era la diseñadora de banda sonora del filme, tuvo que ir a México para concluirlo.

«Me sentí atormentadísima, no tenía experiencia. Me dijeron que debía ser yo porque era quien mejor conocía la película. Y era verdad. Fue una experiencia indescriptible: enfrentarme con un gran estudio, ver cómo trabajaba el mezclador, afrontar mis propios errores de montaje. A partir de ahí no dejé de trabajar, no dejaron de llamarme».

Recorre con la memoria filmes populares y polémicos como Lisanka, Boleto al Paraíso y Conducta, en cuyos créditos aparece su nombre.

«Es curioso porque vi cómo fueron abriendo las puertas a nuevos graduados, y comencé a tener nuevos colegas de trabajo, la gran mayoría mujeres».

Hasta que tocó el turno de independizarse.

Sonidos para mirar

Solo al recordar el cine silente apreciamos el rol del sonido. Hoy, apenas se destaca como componente elemental de la cinta, y algunos lo reducen a la música original y a la banda sonora –a lo que tampoco contribuyen los términos anglosajones al uso. Conversando con Sheyla mis dudas se disiparon (o eso creo). En todo caso, admitir la ignorancia nos acerca más a la sabiduría:

«Tenemos la palabra, el silencio, los efectos sonoros, los ambientes y la música. Elementos que un diseñador de sonido maneja para que la película gane en expresividad sonora».

Así fue explicando que primero se graba el sonido y a esto se le llama Sonido Directo. Para ello se requieren micrófonos inalámbricos y el boom, ese micrófono grande que vemos en los making off.

«Una vez editada la película, pasa a la etapa de postproducción de sonido, donde el filme se discute creativamente con el director, se editan los diálogos, se montan los ambientes y efectos, se graban los foleys– aquellos efectos que recrean los sonidos que por diversos motivos no fueron recogidos en la grabación de Sonido Directo–, se decide dónde y de qué manera será usada la música, si es que hay música.

«Lo que hace un diseñador de Banda Sonora, previo diálogo con el director y con todo el equipo de sonido, es proponer artísticamente cómo cree que debe “sonar” la película, cómo se trabajarán los elementos sonoros que están involucrados en ella.

«Pienso que en Cuba hay dos líneas de trabajo. Una en la que el diseñador recibe toda la película montada, y junto con el director, se decide de qué manera y cuándo utilizar la música. Se trabaja en la premezcla de todas estas capas de sonido para acercarse a la sonoridad final de la película.

«Yo prefiero ser de las diseñadoras de banda sonora que montan la película. Es otra manera de trabajar, la prefiero sobre todo porque me gusta participar desde el montaje en la construcción sonora y selección del tipo de sonido que quiero proponer. Si no la montara, siento que me perdería un trabajo que me divierte mucho, que considero creativo. Hay algo en lo “manufacturado” que me sigue seduciendo. No significa que, si en algún momento trabajo en una película muy grande y muy compleja, no cambie mi método de trabajo. En fin, no estoy cerrada a nada, nada es absoluto».

«Experiencia Fernando»

Probablemente La Nave Producciones es el lugar donde más tiempo pasa Sheyla. El arquitecto del edificio jamás pensó que esa pequeña habitación de servicio se convertiría en cuna de Esteban, de Jonal Cosculluela y de Últimos días en La Habana, «drama alegre» por el que su director, Fernando Pérez, y Sheyla, fueron galardonados en la trigésimo octava edición del Festival Internacional de Cine Latinoamericano. Él, con dos estatuillas, y ella con el Premio Coral al Mejor Sonido.

«Fernando me volvió a llamar para su nuevo proyecto, Insumisa (probablemente este no será el título definitivo). Hablamos de películas, intercambiamos libros. Lo admiro mucho porque he visto su cine, y siento que es un director inclusivo, que abre puertas a los criterios. Es un diálogo que se enriquece todo el tiempo, además, divertido.

«Es muy importante esa apertura a escuchar, a proponer, a la comunicación y la pasión. El cine es una pasión; si no la sintiera, te confieso que se me hubiesen acabado las fuerzas hace mucho tiempo y ahora estuviera haciendo otra cosa.

«Qué triste cuando no sientes la sensación de estar haciendo exactamente lo que te gusta, ¿verdad? Me ha pasado. Por suerte, he podido encontrar un camino, pero no lo he hecho sola.

«Siento una enorme gratitud hacia todas esas personas, empezando por mi familia, que me ha ayudado a reinventarme cuando lo he necesitado. Incluso, agradezco a quienes solo fueron un obstáculo porque me impulsaron a encontrar nuevas soluciones. Como dice mi madre, “para que el mundo sea mundo, tiene que haber de todo: lo bueno y lo malo”. Cuando trabajo siempre trato de encontrar un “equilibrio pacífico” para que la película se resienta lo menos posible y todos podamos seguir divirtiéndonos».