Un protagonista sin respuestas…cerradas

por
María Carla Figdomech

Como el filme cubano Entre ciclones, así transcurrió el intercambio de Garbos con el realizador cinematográfico Enrique (Kiki) Álvarez, a mediados de septiembre. Mientras la isla se sacudía del paso del huracán Irma, nuestro equipo, como muchos, se disponía a echar a andar otra vez.

Más que preguntas, le propusimos aguijonazos para conocer, a pesar de la distancia física, al ser humano que ama, sufre, piensa y funda. Kiki atrapó nuestras «provocaciones» como un catcher experimentado a una bola esquiva. Pero, confieso que es difícil recrear el imaginario de un hombre que no parece temer a la existencia, aun con la dosis de incertidumbre y vulnerabilidad que ella supone. Por eso, prefiero colocar en primer plano sus palabras.

Se ha dicho que Venecia es una búsqueda más intimista y conceptual sobre nuestra cotidianidad, en comparación con otras producciones de las últimas décadas. ¿Coincides con esa descripción? ¿Cómo surgió la idea de hacer esta película, la historia detrás de la historia?

Creo que Venecia es una película intimista por sí sola, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, no por comparación con otras producciones cinematográficas. Comparar y clasificar es una manía de los críticos: a más comparación, menos análisis.

Venecia nació de una escena de Jirafas (2013) con los actores improvisando a partir de sus vivencias. No nació del núcleo narrativo de esa escena, sino del dispositivo de construir personajes y desarrollarlos a partir de las vivencias de quienes los interpretan.

En Venecia solo tres escenas tenían diálogos escritos, el resto se trabajó a partir de la interacción escénica de los personajes y de los ejes temáticos que queríamos desarrollar. Para eso lo más importante era definir con las actrices cómo eran sus personajes y de qué manera se relacionaban entre sí a medida que avanzaba la trama. Muchos diálogos eran improvisados, como las conductas y reacciones emocionales de los personajes ante cada situación.

El cineasta independiente norteamericano John Casavettes, dice que la riqueza de la vida reside en que cada uno de nosotros es el protagonista de su existencia y casi ninguno está dispuesto a doblegar sus acciones o criterios en función de otro. La idea era explorar una escritura escénica donde la trama no respondiera a las circunstancias dramáticas de una protagonista, sino que fuera resultado del accionar y del choque de los puntos de vista en tensión. En ese ajuste, la interrelación de las actrices, el saber estar juntas, atentas unas a otras, mirándose, escuchándose, hizo posible que mi mirada como realizador se redujera a la de un espectador atento y cómplice. En los momentos que logramos ajustarnos, ellas accionaban y nosotros, cual un equipo de documentalistas, reaccionábamos registrando.

Yo estoy en un momento creativo en el cual filmar guiones «cerrados» me motiva menos que escribir en vivo con los actores. Esto me obliga a trabajar con estructuras más abiertas y con un método mucho más interactivo. Detrás de la historia mínima que cuenta Venecia, hay un proceso de exploración vital y creativa que resitúa en el centro de la escritura fílmica al actor y su capacidad de relacionarse. Es una manera de hacer que, si tuviera que definir, se acerca más a una experiencia antropológica que a un hecho narrativo.

Lo local y lo global no son conceptos antagónicos, sino complementarios. ¿Qué rescatas o descartas de la filmografía nacional de las últimas décadas? Mirando atrás, ¿crees que el cine cubano evoluciona, se estanca o retrocede?

Del cine cubano no tengo mucho que decir. Es una tradición discontinua y quebrada por su propio contexto. Creo que si hoy volviéramos a estrenar Memorias del subdesarrollo sería una película de extrema actualidad que casi nadie iría a ver. No se puede sostener el hábito y la necesidad del consumo cinematográfico con pocas salas, sin las condiciones adecuadas y una sola tanda al día. No se puede desarrollar una cinematografía que ha perdido la confrontación con sus espectadores y su incidencia cultural. Pensar en conexiones, deudas, préstamos o diálogos creativos, pierde un poco el sentido. Creo que hoy urge más fundar y programar una sala de cine que hacer una película.

El documental ha ocupado un lugar importante en su carrera. En particular, en Memorias de fin de siglo (1999) se aprecia una reflexión sobre el cine cubano. ¿Cómo se alimenta su creación en el género de ficción, sean largometrajes o cortos, de su experiencia como documentalista?

Cuando monté Memorias de fin de siglo con fragmentos de películas filmadas en los años ’90, el cine cubano todavía aspiraba con sus ficciones a dialogar con su sociedad y a incidir en la modelación de un sujeto crítico y participativo. Mi propuesta era intentar encontrarle una respuesta a la interrogante existencial que Memorias del subdesarrollo continúa proponiendo al cine cubano: ante la necesidad de reflejar la realidad, ante la posibilidad de contribuir a su transformación, «to be or not to be?». El dilema de Hamlet expresado en ser Sergio [Corrieri], el protagonista de Memorias…, o en ser Titón, su realizador. Como ves, una disyuntiva muy difícil de dilucidar en una sociedad que cada vez parece más lejos de concretar sus sueños de emancipación.

¿Qué noticias ha habido sobre Kiki Álvarez en el cine de ficción tras Venecia?  ¿Al frente de cuáles proyectos veremos su nombre? ¿Por dónde andan sus musas?

Después de Sharing Stella (2016), rodé otra película que aún estoy por terminar, pero no sé cuándo ni cómo.

Fundar un cine… eso sería hermoso, pero no sé cuál es mi próximo paso.

En clave existencialista, la experiencia es la marca viva de que existimos. Porque es innegable en el aquí y ahora, su huella puede ser la de un sueño feliz, un rato de paz o un recuerdo que regresa desde el sufrimiento.

A menudo, las personas evitamos el dolor, con nuestra necesidad elemental de autopreservación. Nadie es inmune. Pero si lo pensamos bien, quizás el sabernos vulnerables nos humaniza y fortalece, aprendemos a pisar con buen pie y crecemos en la responsabilidad de asumirnos.

Este es Kiki Álvarez. No evadió un discurso directo, pero se entrega a la utopía de crear con todos, pese a todo.

 

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