Una mujer que funda memoria y futuro

por
María Carla Figdomech

Se define exitosa porque ha alcanzado lo que llamamos realización profesional: a plenitud y la confianza que le aporta saber cada mañana qué tiene por hacer, a dónde dirigirse, por cuáles metas luchar. No obstante, se confiesa apasionada, intensa, como si todavía le faltara por aprender en materia de ecuanimidad. Quizás no sea un defecto –reflexiono–, sino la fuerza energética personal con que enfrenta la vida y sus desafíos.

Así es Liliana Núñez Véliz (Lilo para sus allegados), presidenta de la Fundación Antonio Núñez Jiménez para la Naturaleza y el Hombre (FANJ). Una mujer que no transige en continuar la obra de su padre (destacado geógrafo, intelectual y político cubano) a través de la institución que él fundara en 1994 y que hoy lleva su nombre. Asume esa responsabilidad sin poses, naturalmente, con un halo de elegancia y, sobre todo, un gran apego por la cubanía, ese «ajiaco de muchas minorías», variopinto, sensual, flexible, como ella se lo representa.

«A veces hay patrones de que lo cubano es lo vulgar. Y también es elegancia, gusto estético. La misma diversidad racial y de pueblos que nos alimentó trae esa diversidad estética que tiene lo cubano. Cuando se piensa Cuba, tiene que estar todo el mundo, desde el blanco que no puede coger sol, el negro bisnieto de esclavos, el chino, el ruso…»

Herencia de familia

De sus padres recibió mucho más que el regalo de la vida. Su madre, Lupe Véliz, fue una importante figura en el Ministerio de Cultura, y su padre (quien muy joven inició la que llegaría a convertirse en una obra científico social y enciclopédica) llegó a ser viceministro de la misma institución, fundador y presidente de varias sociedades científicas y vicepresidente de la Academia de Ciencias de Cuba.

Hija menor entre cinco hermanas, aprendió desde niña el tejido complejo que forman naturaleza y sociedad. La estrecha relación del espacio —que soporta el desarrollo de la humanidad— y de la cultura que se va moldeando a partir de las características del entorno.

«Mi papá defendía el concepto de GeoHistoria. Lamentaba la ausencia de una disciplina académica que uniera los conceptos de Geografía de la Historia e Historia de la Geografía, y una tercera donde ambas estuvieran imbricadas, que podría llamarse hoy Geografía Social».

Y no es difícil presentir la proximidad de esta perspectiva con las modernas ideas de desarrollo sostenible:

«La sostenibilidad ha sido más utilizada en épocas más recientes, pero ya mi papá la utilizaba. En uno de los últimos libros que publicó, Hacia una cultura de la naturaleza —que llamamos su testamento de pensamiento ambiental— está reflejada en la intención de lo que dice: que el ser humano no deje otra huella que la creación; que todo lo que se extraiga le sea devuelto a la naturaleza».

De logros, meditaciones y retos

Esas enseñanzas, unidas a su pasión por el conocimiento fueron lo que la impulsó a estudiar Historia en la Universidad de La Habana. La visión general que su formación le dejó hace parte en la impronta personal que ha colocado a su trabajo, siempre siguiendo el pensamiento paterno. Porque la FANJ tiene a la educación para la sostenibilidad y la preservación como una de sus divisas esenciales, con el trabajo comunitario y la permacultura como herramientas.

Han logrado preparar a muchas familias para obtener una pequeña producción vegetal en el balcón de sus casas. Han capacitado a líderes comunitarios para preservar el Bosque Sagrado de Pogolotti, tras las labores de restauración que emprendieron.

Facilitan diálogos y alertas ecológicas que acompañen las decisiones de política pública ambiental. Cada día abren sus puertas como un centro con vocación de servicio, preocupado por poner a disposición del público sus ricas colecciones de archivos, para unir investigación con acción.

«¿Hasta dónde la realidad superó el sueño? ¿O es que el sueño era infinito? Si tu padre te viera en el futuro cercano, ¿qué crees que te diría?», le pregunto en un guiño a la metafísica.

«Imagínate… ¡Yo qué sé! Llevo años tratando de hacer lo que él me dijo, imagínate lo que él pudiera decirme… (Risas).

«Lo único que quisiera, porque él soñó y no lo he logrado, es tener sostenibilidad. Hasta ahora hemos aplicado a fondos de cooperación», comenta y me explica que su padre pensó en crear alguna entidad paralela a la suya que se encargara de promoción cultural y otras publicidades.

«Sospecho que él previó esa estructura previendo que pudiera financiar a la FANJ. No estamos en esa situación. Yo entiendo que el papel de una ONG (Organización No Gubernamental) ambientalista no es mucho, pero para mí es todo y para las 35 personas que trabajamos allí también».

Identidades múltiples reunidas

A estas alturas de nuestro intercambio, propongo un giro un tanto arriesgado. Indago por  ella, por Liliana, por Lilo, ante el desafío inmenso que es respetar el ideario de su padre, a la vez que se atempera a las circunstancias de hoy.

No hay ruptura: la Fundación no es plataforma para ella como individuo, sino un permanente proyecto colectivo. Si no hubiera elegido este camino, si no hubiera accedido a esta oportunidad, también sería feliz porque su vida se dibuja con muchos colores.

«Hay una teoría de la liberación del ser que dice que para ser feliz hay que dejar atrás la historia, quitarse la herencia social, intelectual, de encima. ¿Quién hubiera sido yo de no tener esta oportunidad, esta plataforma de realización profesional?

«Lo más probable es que me hubiera dedicado al mundo de la moda, porque fui modelo 15 años y me apasiona. A lo mejor hubiera sido fotógrafa, que me encanta y afortunadamente la puedo practicar. A lo mejor fuera ama de casa, porque me encanta tener mi casa limpia, ordenada y perfecta. Pero la buena noticia es que no» –concluye risueña.

Y nos despedimos. Ella con cientos de asuntos por atender después de mí; yo, con la alegría de presentarles a una mujer de éxito 100% verdadera, que desde su escena aboga por un mundo y un país mejores… y posibles.

 

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